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Alguien le preguntó a Simón Ruiz –segundo entrenador del FC Cartagena– el pasado miércoles y tras la eliminación en la primera eliminatoria de la Copa del Rey, cómo valoraba que un 3 de septiembre, recién inaugurada la temporada, el público hubiera despedido a su equipo con silbidos, pañolada y lanzamiento de almohadillas al campo. El encargado de comparecer en las últimas semanas como entrenador –se ha descartado que lo haga Julio Ribas, que no puede dirigir al equipo desde el banquillo–, dijo que no es plato de buen gusto y que él no ha sido nunca de los que ha hecho este tipo de actuaciones. «Hay que respetar todas las opiniones, pero yo como cartagenerista nunca he sido partícipe de manifestarme así».
Sin embargo, el equipo que ha cosechado dos empates en los dos partidos ligueros y una derrota a las primeras de cambio en la Copa del Rey ante el UCAM Murcia, no ha dado en ningún momento visos de ser un equipo con carácter y llamado a hacer cosas importantes esta temporada. Aunque toda conclusión puede resultar prematura por las alturas de temporada en las que nos encontramos, lo cierto es que el público que acudía el miércoles al Cartagonova empezó a exasperarse a los treinta minutos de partido algo pocas veces visto en este club. La nula vistosidad en el fútbol practicado por los de Julio César Ribas hacía prever que poco iba a ser capaz de ofrecer este conjunto la hora siguiente. Y así fue.
La derrota en el último instante y tras un error monumental de Limones acrecentó la desconfianza de este nuevo proyecto liderado por el preparador uruguayo.
El presidente de la entidad, Javier Marco, ha sido el gran estandarte estos meses de verano del club para vender un proyecto ilusionante. Siempre ha dicho que han elaborado una plantilla competitiva, capaz de luchar por los objetivos de ascenso. Pero la realidad dice en estos momentos otra cosa.
Si bien nadie niega que hay jugadores con peso específico en la categoría –Limones, Tarantino, Luque, Prosi, Pallarés, Robusté–, lo que dice el equipo sobre el terreno de juego es bien distinto. La cara de póquer que deja en la grada el fútbol desplegado por el FC Cartagena es sintomático de que algo no funciona.
Lo más llamativo es la falta de juego en el centro del campo a pesar de tener a día de hoy jugadores con capacidad de sobra para hacerlo. Luque y Prosi son, probablemente, de los mejores jugadores contratados por el equipo en esta posición en los últimos tres años. Sin embargo, Ribas hipoteca esta parcela –la más importante para el juego de creación– y prefiere el juego vertical, llamado comúnmente patadón en esta categoría de la Segunda B.
Los laterales, ese gran problema
Todos esperaban de este nuevo proyecto mayor contundencia en defensa –los números de Ribas en los equipos uruguayos así lo avalan–, pero no es precisamente ésta la parcela que mejor parado sale en lo que se ha visto de temporada. Además, muchas críticas ha recibido el trabajo de los laterales, especialmente Germán, el lateral izquierdo, que no atraviesa por su mejor momento.
En ataque poco se puede comentar, porque Pallarés llegó muy avanzada la pretemporada y además es un futbolista que precisa de pisar el área para dar lo mejor que él tiene –el remate–. Pero el exjugador de La Hoya Lorca se aburre de tocar balones en los lanzamientos larguísimos desde la defensa y ni huele un buen pase al interior del área.
El otro atacante, Chus Hevia, apenas goza de la posibilidad de disputar minutos. El técnico ha decidido descartarlo en los dos últimos compromisos, lo que ha suscitado críticas de los aficionados, por mostrar poca capacidad resolutiva por parte de Ribas.
El último en llegar, el hijo del manager, Seba Ribas, es todo una incógnita, porque su trayectoria es irregular, llena de saltos de equipos y países. El equipo necesita dar un golpe de rumbo de forma inmediata, porque los seguidores no quieren sentirse engañados. Una mal arranque será una rémora todo el año y tirar por la borda a las primeras de cambio otro proyecto en Segunda B.