Mezclad melé con mate y saldrá Sergio Daniel Ordóñez, un argentino loco por el rugby al que los años no han talado la pasión: si antes era jugador, ahora entrenador. Donde antes hacía ahora explica, pero la geografía es la misma: un campo de rugby. Sergio empezó a jugar en la Patagonia argentina, siendo un 'mengajo', pues solo tenía diez años en un país donde el fútbol es religión y el rugby, bastante más que una misa. Los dos le chiflan, pero si le dan a elegir lo tiene claro: «En el rugby no 'simulás'», dice. Algo de razón lleva: el fútbol es un deporte de pillos; el rugby, de tipos duros con un fondo de caballeros.
A él se lanzó a tumba abierta y, jugando jugando, llegó al Casi, que en Argentina no es un adverbio con mayúscula, sino mucho más. Son las iniciales del Club Atlético San Isidro, el 'Madrid' o el 'Barça' del rugby en Argentina. «El Madrid, el Madrid», corrige, y después de corregir, aclara: «Es que soy del Madrid, de River y del Murcia». No lo dice por quedar de cine en su propia parroquia. Es seguidor del Murcia y de los que va al campo, así que el verano pasado vivió un descenso morrocotudo, el del River, y un ascenso, el del Murcia, dice él. Al final, todo quedó en Segunda, digo yo.
Hace diez años se vino a España, donde dirige una cadena de gimnasios, Polideportivos y Fitness, con centros en Elche, Albacete y Madrid, además de Murcia. Se apuntó a algunos partidos, jugó un poco aquí y un tanto allá, y acabó entrenando al Cartagena, ahora líder de la liga regional de rugby.
Si está primero no es por arte de birlibirloque. Su secreto tiene cuatro letras y parece el nombre de un poema: amor, pero al final resulta menos etéreo. «Quiero decir amor a este deporte, al juego, a lo que 'hacés'. Aquí te golpean, 'entrenás' de noche con frío, no se gana 'plata'... O 'amás' esto o estás perdido».
Si el amor es la vitamina, el cuerpo es el arma. «Para ser un buen jugador de rugby, hay que tener buen físico. Aquí no hay raquetas, no tenemos más que nuestro cuerpo, que tiene que ser una máquina bien engrasada». Y Sergio lo tiene, porque es alto, con buenas espaldas y brazos fornidos. Está claro, no es un tirillas, pero tampoco un armario ropero. «Aquí hay sitio para todos, el gordo, el flaco, el alto, el 'petiso' (chico)... No importa cómo seas, sino cómo estés. Hoy en día al rugby juegan atletas, gente con un gran físico y buena técnica».
Sergio tiene tres hijos, está casado con Adriana, también argentina, y vive en La Alcayna, donde tiene su particular 'altar': una buena parrilla. Federico y Franco, dos de sus niños, juegan al rugby en su mismo equipo. Tiene una perra que se llama 'Lola' y un apodo cuyos orígenes deja en el aire: 'Zizou'. «No es por jugar de fábula», dice a modo de pista. Aún le impresiona conducir de Buenos Aires a Trelew, su ciudad natal en la Patagonia, por una carretera desierta que más parece un camino a ninguna parte. Como buen argentino es decidor y toma mate. ¿Hasta en la sopa? «No, che, que yo no soy uruguayo», advierte. Sí, dice che, claro, le pirra la carne si es a la parrilla, claro, y, si se enfada en el rugby, su grito de guerra solo puede ser uno y tiene cinco palabras: «La reconcha de tu madre», dice.